Costumbrismo sobresaliente





La valía de la Compañía Asturiana de Comedias

MARIANO LÓPEZ SANTIAGO Recientemente aludía al hispanista británico Gerald Brenan, que califica a España como el país de «la patria chica». Pues bien, se considera teatro costumbrista a aquella modalidad teatral basada en el valor del color local, de frase ingeniosa, que evoca los tipos, el ambiente y el habla de la región y, en definitiva, ofrece una visión bondadosa y optimista de las cosas con una sana alegría que invade toda la escena.

Autores principales de este género lo fueron los hermanos Álvarez Quintero y Carlos Arniches. Representantes, respectivamente, del costumbrismo andaluz y madrileño. En nuestra Asturias destaca como figura principal Eladio Verde, que, aunque nació en Madrid en 1899, vivió toda su vida en Gijón y se sintió plenamente identificado con nuestra ciudad. Autor prolífico, destacan sus obras «El gallu de la quintana», «Los amores de Ximielga», «Juiciu de faltes», «Pachín y la parentela» y la representada «El maestro Tarabica», posiblemente de las menos valoradas dentro de su repertorio. No obstante, ofrece todos los ingredientes para considerarla arquetipo del teatro costumbrista, sobresaliendo el personaje del maestro rural que constituye una alabanza a esa figura peculiar en nuestro panorama de la aldea ya periclitada.

En la obra afloran todos los aspectos de siempre: recelos entre parientes, mezquindades y generosidad de unos y otros y amor sincero entre los jóvenes dentro de un cuadro evocador de «La aldea perdida».

La representación resulta excesivamente larga y premiosa en su primera parte y ya en la segunda cobra más interés con los aspectos folclóricos que ayudan a recobrar el pulso escénico.

La Compañía Asturiana de Comedias merece una doble consideración. Por un lado, mantiene la llama viva de los valores tradicionales de la cultura asturiana, y por otro, a pesar de su condición de aficionados, toda la compañía logra un excelente resultado propio de profesionales. El público disfruta con la actitud de los personajes porque se ve fielmente reflejado en su acontecer, sus reacciones, sentimientos, y lo que es importante: percibe su propio lenguaje. En definitiva, se siente identificado con la escena, dentro de una atmósfera de nostálgica evocación que se encarna en el entorno de la aldea rural.

No me resisto a citar el final de la novela «La aldea perdida» de Armando Palacio Valdés: «Decís que ahora comienza la civilización... Pues bien, yo os digo... ¡oídlo bien!... ¡yo os digo que ahora comienza la barbarie!».


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